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FEDERICO DE MADRAZO

Federico de Madrazo fue discípulo de su padre, el pintor José Madrazo y Agudo y de otros renombrados artistas, empezando a pintar con el gusto de la escuela neoclásica, pero los constantes viajes a París y Roma le hicieron sentir la influencia del romanticismo alemán y francés. Amigo de Ingres, trabajó en su taller durante su estancia en París. En Roma estuvo en contacto con Overbeck y el grupo de los nazarenos, quienes reforzaron su destreza innata para el dibujo. En una época que valoraba fundamentalmente los cuadros de historia o la pintura religiosa, Madrazo decidió especializarse en el retrato, revolucionando con sus dotes un género en aquel entonces considerado menor e inevitable para los artistas que no tuvieran otra forma de asegurar los recursos económicos imprescindibles. Al principio de su carrera cultivó el cuadro de historia (Aquiles en su tienda; Presentación del cadáver del duque de Nemours al Gran Capitán…), algunos de asunto religioso (Las tres Marías…), y más de 600 retratos, especialidad a la que se dedicó casi exclusivamente a partir de 1842. Su pintura está definida por medio de una pincelada prieta y muy brillante. Los retratos de Federico de Madrazo se distinguen por su corrección y la elegancia del dibujo, por la distinción del colorido y, además de los méritos que encierran, son reflejo fiel de toda la geración contemporánea del artista. Federico de Madrazo pinta retratos para la aristocracia, gozando por ello de una situación social elevada, lo que lo introduce en ambientes privilegiados.
Federico de Madrazo gozaba de un prestigio excepcional, posto que fue primer pintor de Cámara de la reina Isabel II, director de la Academia de San Fernando y director del Museo del Prado.